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No ha
sido de lo más elegante el
despliegue de argumentos que
ha antecedido a la nueva Ley
de Propiedad Intelectual,
cuyo debate pasó a una
comisión mixta del Congreso.
Durante bastante tiempo, las
trincheras, que representan
por un lado los intereses de
los usuarios de internet y
por otro el derecho de los
artistas y creadores a que
se garantice la protección
de sus obras, se han
revuelto como un pandemonio.
Pero no voy a detenerme en
eso.
Más
allá de tomar esta o la otra
posición, tengo más
preguntas que frases para el
bronce. Convengamos en algo:
proteger la propiedad
intelectual es bueno.
Incluso podríamos dejar
pasar el hecho triste de que
esta nueva ley no se haya
originado en el afán de
proteger a los artistas,
sino en cumplir con los
estándares
del
TLC con EE.UU. O podríamos
obviar que el Ministerio de
Cultura terminó lavándose
las manos y delegando la
vocería de esto a
funcionarios que ya tienen
bastante trabajo con el
quehacer político
contingente.
Eso nos lleva a otro punto:
centrar este proyecto en
quitar responsabilidad a los
proveedores de servicios de
Internet suena muy, muy feo.
Y si algo huele extraño en
el legítimo pataleo de los
activistas digitales, es que
jamás parecen haber
considerado que las empresas
que proveen internet no son
blancas palomas afectadas
coyunturalmente. El
intercambio ilegal de
archivos protegidos por
copyright
es
parte
del
handicap
del
negocio, y si yo vivo de eso,
debo hacerme cargo, ¿no?
Lo cual conduce directamente
a tratar de convenir en otro
punto: aunque el diputado
Arenas (UDI) haya alarmado
sobre un supuesto chipe
libre para la censura en la
red, promovida por un
párrafo de esta ley, en la
práctica eso no se ve muy
real. Incluso un estudio del
Ministerio Público indicó lo
imposible de la
fiscalización
del
P2P. Este nuevo formato
persigue al que sube
material, no al que lo baja.
Y, aun así, debe existir una
denuncia por parte
del
titular
del
copyright afectado para
que se activen mecanismos de
advertencia y,
posteriormente, de acción
punitiva directa. Ahora bien,
habrá que ver cómo nuestro
sistema judicial implementa
esta “policía
del
contenido”. Eso será
interesante. Está
claro que el tema no es
fácil. Pero lo más
importante es que si algún
mecanismo debe ser acusado
de dolo, no es la protección
a la propiedad intelectual.
Por ningún lado.
Lo que sí deja
una brecha abierta enorme es
el daño profundo que todo
tipo de contención del
acceso a la cultura y la
información pueda infligirle
a un país como el nuestro.
No somos Estados Unidos. La
atomización de la cultura en
Chile ya es brutal, y una
ley calcada de la realidad
norteamericana bien puede
ser una aberración. Pero eso
es otro tema. Otro gran tema
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vvvv



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